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Para leer antes de dormir: Paseos con Robert Walser de Carl Seelig

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por Carlos Domínguez Lloret,

Octavio Paz alguna vez escribió:

“Yo quizá no haga nada, quizá fracase, pero quizá me realice en la poesía interior, en ésa que apenas necesita escribirse, y en ti soledad, que me iras revelando la forma de mi espíritu y la lenta maduración de mi ser.” – “Vigilias” (1935).

Para Robert Walser, esa poesía interior nacía con el paseo. El pasear y la poesía interior van de la mano para Walser. A medida que capturamos con los sentidos, en esa medida el tiempo nos obliga a dejar ir. Así nos vamos dejando ir por el tiempo y por las cosas. El tiempo nos deja ir apaciblemente, como el tiempo de la música, con el ritmo de nuestros pasos. El tiempo se fuga, lo único que lo retiene es nuestra piel, nuestras arrugas y lo único que le puede dar consistencia es el ritmo que nosotros mismos le imponemos.Todo paseo es una danza, un coito, una traición; para resumirlo en una palabra, un drama. Todo paseo es una danza entre la facultad presente de nuestros sentidos, la materia y todo lo que queda replegado en la lucida sombra de lo virtual. Hay que saber llevar el ritmo y el paso de esa danza que se encuentra siempre al borde de la traición y de nuestros sentidos.

Para Robert Walser eso era el paseo y en los últimos años de su vida el pasear se convierte en una fuente inagotable de reflexiones. Al fin y al cabo, el paseo es lo único que le queda durante esos largos años de silencio que pasa en el manicomio de Herisau.

Las reflexiones más profundas de esos últimos años serán documentadas por Carl Seelig en sus Paseos con Robert Walser. La necesidad de Seelig de rescatar del olvido la literatura del escritor suizo lo impulsa a realizar varios viajes a Herisau, para rendirle compañía al poeta y ser el asidero de las últimas ideas de Walser. Seelig se conduce a través de numerosas promenades con Walser de la manera más sutil, más inocente, como un niño que sabe escuchar. Este largo paseo por la Suiza oriental durará veinte años y durante todo ese tiempo la amistad y la complicidad crecerá naturalmente entre estos dos hombres. Cada paseo termina con un adiós en el sanatorio de Herisau. Cada adiós nos deja con la interrogante de si efectivamente Walser estaba loco o si solamente era un poeta “que tuvo el tacto suficiente como para apearse de la vida”. De esa manera en una caminata el escritor le comenta a Seelig como estaba “convencido de que en los últimos años de su vida Hölderlin no fue tan desdichado como lo pintaban los profesores de literatura. Poder soñar en un modesto rincón, sin tener que responder a continuas pretensiones, no es ningún martirio. La gente hace que lo sea!” y así le pregunta a Seelig “No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?”

El paseante pasa de conmovedoras reflexiones sobre su estilo de vida a lucidas e irónicas críticas sobre los editores, la literatura de la época y de su música. Walser nos dirá como los editores siempre se creen con derecho a dar consejos en cuanto a cómo escribir y que “ese seductor canto de sirena ha arruinado ya más de una naturaleza débil” y en cuanto a la literatura considera que nunca llegó a la cumbre como escritor ya que a diferencia de Goethe, “… tenía muy poco instinto social. Actué casi de espaldas a la sociedad… me entregué demasiado a mi placer personal. Es cierto, tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y a penas me resistí a ello. Este aspecto subjetivo irritaba a los lectores.” En cuanto a la música se queja de cómo “hoy en día se la sirven a uno hasta en los urinarios” y que “eso tiene efectos estupidizantes sobre la masa” y considera que “el arte tiene que seguir siendo un don, hacia el que el pueblo llano alce la mirada con ansia.” Para rematar concluye que “en lo que a mi concierne, normalmente no echo de menos la música. Prefiero una amigable conversación. Pero cuando, en Berna, me enamoré de dos camareras, la anhelaba y corría tras ella como un poseso.”

Así son las reflexiones de Walser, del paseante y poeta que se apeó de la sociedad para terminar en un sanatorio mental. Sin embargo, al parecer en ese lugar fue donde su mundo encontró derecho a existir. Es curioso decir que estos paseos se llevan a cabo en medio de la segunda guerra mundial. Quién podría juzgar o categorizar la locura en ese momento histórico? Quien puede hacerlo hoy en día? Como dirá Gilles Deleuze años más tarde: “No podemos amar verdaderamente a nadie hasta que no encontramos en esa persona su punto de locura.” Según el filósofo hay algo puro en la locura, algo que escapa a la institución, algo que la institución lucha por contener. Sin embargo,  la locura sabe pasearse libre y orgullosa, reflejada en los ojos de hombres y mujeres que saben disimular la lúcida sombra de lo virtual.

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Written by exiliointerno

February 25, 2011 at 11:53 pm

Posted in Literatura

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