El instante
Tus ojos abiertos iluminaron la calle con un verso.
Cuatro copas después,
tus párpados se cerraban golpeados por el viento del río.
Al ritmo de una marea constelada,
tus ojos buscaron refugio detras de mi, detras de todo lo que veían.
Se cerraban para soñar.
La materia de ese sueño era presente.
Todo convulsionaba y
todo se diluía en el instante
Es el instante el ultimo de los rebeldes, asesino fugitivo?
El instante, en su fuga, también es generoso,
como el mecerse de mi cuna en la blanca noche.
El instante es ese que muere repetidas veces, siempre culpable de su futilidad,
siempre colmado por la eternidad.
El instante y el poeta se roban la vida
ambos convulsionan delante de tus ojos
los dos se diluyen con tu partida.
El gesto olvidado
El gesto olvidado descansa en un paraíso invisible. En ese paraíso, Adan y Eva se tienden sobre la hierba, contemplan el vacío entre las estrellas y se miran a los ojos atravesados por un rayo de luna. Desnudos son felices en su tierra sagrada. Sin embargo, mientras contemplan, nombran. Anclan la naturaleza a la palabra terrestre, humana, egoista. Dios les ha ordenado nombrar, en su orden, la categoria se ha convertido en nuestro yugo indecible.
Después de ese gesto olvidado, nos hemos asumido como esclavos de la diferencia. Ya no leemos la prosa del mundo y los heroes de lo “mismo”, indiferentes, supieron partir sindecir a-dios. En su decirse, el mundo se nos hace diferente, ajeno y violento; distinto a la constelacion, al perfume, al delirio y a mi amigo.
Blanco y negro
Todo me parece inmaterial,
fragil
siento que te debo cada trago
cada bocanada
nadie puede tomar tu lugar
el trono del rey queda vacante
trataré de ser el fiel servidor
de nuestros sueños de marfil
esos que ahora me habitan sin ti
sueños que antes nos guiaban,
pero que ahora me dejan a la deriva
en medio de mascaras terribles
patéticas
que no comprenden nada
que no han visto al hombre
caminar sobre el agua.
La flor de Nerval
En un puente lunar, la flor de Nerval permaneció a mi lado. Cegado por su perfume no pude percibir las hojas de su tallo. Sus ojos torna-sol iluminaron mi espíritu. En ellos pude entre-ver la fuga definitiva. A la hora de partir su fiel aroma me caminó por tugurios matinales. Un botiquín anónimo arrancaba mis raíces sin aullido. Preferíamos la calle, la acera, la esquina en donde orinan los poetas y en donde las ninfas se entregan. Sentados ahi y esperando que se ahogaran las estrellas, su tallo se entrelazo a mi cuello sensible. Sus pétalos se abrieron y yo bebi de ella, como Socrates la cicuta. La mañana había llegado y el olor humano se hizo de cloaca, de politica, de muerte. La flor debía partir, con frio y solitaria, yo la veia ser transportada por la vida y la técnica. Mi felicidad se iba con ella en una mañana ajena a Dios. Mi flor partia para perfumar la tumba del poeta. Solo él es digno de ella.
Ventanas
Llovizna sobre mi cabeza! Las gotas como fríos diamantes pesan tanto como las lagrimas. El cielo nublado se refleja en el boulevard y se pone a nuestros pies. Caminamos sobre nubes sin saberlo. El pavimento susurra promesas mudas, universales, y el cuervo traduce. Los techos grises sueñan despiertos, húmedos. Las ventanas son la delgada linea entre lo consciente y lo inconsciente. Lo que percibimos a través de ellas, ese movimiento fugaz de pequeña traviesa es solo nuestro subconsciente; latente. Asomarse a una ventana es despertar a la vida, al movimiento inconcluso del mundo, a la posibilidad tangible, pero finita. Mientras que ver a través de una ventana, desde el húmedo y frio boulevard, es soñar. El paseante va de ventana en ventana, de sueño en sueño, mientras camina, mientras vive y se relaciona con los otros. El paseante cuando camina por la calle va de él al otro de forma directa, la piel es la ultima frontera, pero en la distancia que se salva entre la ventana y su piel, cabe un sueño despierto, un anonimo y huérfano caminante, proyectado por el subconsciente. Lo que no vemos dentro del marco de la ventana es un misterio que solo los muertos conocen, algunos vivos gozan de tal privilegio. Esa parcela habitada por el sueño y la esperanza de una niña que se descubre niña o por la decepción y la frustración del hombre que se descubre viejo, por la dialectica entre el apego y el desapego, es la vida misma, que se esconde inconsciente tras la ventana. Vida escondida en el sentimiento, con tiempo sepultado, de ese pobre viejo que recuerda a la niña que ya no es tan niña. De repente, una mano femenina, delgada y pálida se posa al borde de una ventana y nos invita a pasar. Nos invita a soñar con ella, a abandonarlo todo, a ser inconscientes. Caminamos hasta la puerta del edificio y entramos por donde debe ser. Entrando por la puerta salvamos el sueño, dejamos la ventana intacta y el sueño inmaculado. Desde la puerta lo percibimos todo y el inconsciente se hace vida. Así la niña deja de sentirse finita, colmando nuestro espíritu con su cotidianidad que en un principio solo se nos regala como inconsciencia, como misterio. Degustamos néctares, le damos indiscretas caladas a nuestros cigarrillos y de pronto ya es la hora. La hora de qué? Pues, la hora de partir.
La calleja dorada
Apariciones solares después de un invierno sepultado en la ausencia. Bajando a pie por la rue Charlot, tu perfume ata nuestros cuellos vagabundos. El sol refuerza la cadena invisible que nos une y que eventualmente nos separa. Los anillos de esa cadena son las bocanadas mismas de Dios. Después el perfume me libera en la encrucijada del pantano, sin antes hacerme sufrir bajo el látigo de tu cabello. Huérfano de tus encantos temporales, secretos, me abandono de nuevo al paseo sobre la calleja dorada. Pienso en tu cama bajo el sol, en un amanecer que presiente lo eterno. Tu sigues tu camino y yo sigo el mio. Bajo el cielo azul, marcho hacia el horizonte en donde se oculta el sol. Voy bajando con la estrella hacia la linea invisible, queriendo transgredir la frontera del mundo, pienso en la frontera de tu piel.Tu perfume es solo un regalo del camino, una corona que llevo discreto, pero contento.
Esa corona es mi pasaporte cuando transito los países que me llevan a la linea muda del mundo. Ese tipo de coronas no tienen espinas y si sabemos oler, hasta en las pocilgas las podemos presentir junto al zumbido de las moscas.
Somos nosotros quienes le hemos puesto espinas al perfume que nos une, somos nosotros quienes hemos crucificado la pasión sobre abismos intangibles.
Yo sigo mi camino y me regalo a tu corona sin espinas en medio de la calleja dorada, en medio del pantano.
Carlos Dominguez Lloret, marzo 2011
La mano en primavera
La mano se desnuda con la primavera. Los gestos al rededor de la cerveza son mas alegres e indiscretos. Para los pornógrafos del gesto, imagen sin precio. El aire dulce, perfumado, balancea la mano desnuda fuera del cuerpo y hacia las cosas. La mano trata de penetrar, de embriagarse, de entrar en Dios. La abeja se posa contenta en espera de la flor, sobria, sabe esperar su ebriedad. Las flores duermen sumergidas en el liquido amniotico del universo. Ese liquido que la abeja después extraera de ellas. Mientras tanto, la mano se balancea, también a la espera de su flor. La mano va de aqui para alla y a veces se esconde en el bolsillo porque necesita pensar. Así como necesita penetrar, también necesita pensar, saber tocar y poder acariciar. La mano tiene que saber ser como el aire que la balancea, tiene que saber acariciar como la primavera la acaricia a ella. La mano debe aprender a posarse como la abeja, en espera de su ebriedad.
Carlos Dominguez Lloret, marzo 2011